30 junio 2025

No puedo mas

Lo siento mucho, pero tenía que decírtelo: realmente eres hermosa.

Para tu día

No te escribo para que me respondas, sino para dejarte una gotita de cariño en el bolsillo del día.

25 junio 2025

Cuidar

Cuidar a alguien, para mí, es un acto silencioso de presencia. No es solo proteger del frío o de la lluvia —como en aquel recuerdo tuyo del abrigo— sino resguardar lo invisible: la calma del otro, sus sueños no dichos, sus miedos que no se atreven a asomar.

Cuidar es estar, incluso cuando no se dice nada. Es aprender el lenguaje de los pequeños gestos: una taza de café servido sin pedirlo, un mensaje en el momento exacto, un silencio que no incomoda. Es honrar la fragilidad del otro sin hacerlo sentir débil, y acompañarla sin robarle el rumbo.

La calma de lo eterno

Te esperé en la hora exacta en que la luz roza los bordes del pasado como una caricia que no sabe olvidar. El mar decía tu nombre y el viento, tímido, hojeaba las memorias que aún no hemos vivido. Caminé entre relojes dormidos y espejos que ya te habían reflejado cuando aún no llegabas. Te amé con la calma de lo eterno, sin urgencia, sin promesa, como se ama al recuerdo que aún no ha nacido.

¿A quién le hablas?

¿A quién le hablas cuando la ciudad calla y las luces parpadean? Te veo desde este rincón del tiempo, donde la nostalgia suena y el silencio no sabe mentir. Fuiste una canción de lluvia detrás del vidrio empañado, tan cerca, tan inalcanzable. Y aunque el reloj se hizo viejo esperando tu voz, aún se enciende mi nombre cuando pronuncias el olvido.

22 junio 2025

Labios de papel

Yo quería besarla por última vez,
aunque sus labios fueran de papel,
delicados, frágiles, pintados con rojo labial,
como una promesa rota en carmín.

Con letras negras escritas,
el silencio gritaba en su boca:
ven y bésame por última vez,
como si el amor se pudiera plegar y guardar entre páginas rotas.

Sus labios, firmes en la despedida,
eran tinta y deseo en despedida muda,
un silencio sellado por el tiempo,
un adiós dibujado con urgencia.

La besé… y el papel tembló en mi aliento, como si aún latiera.

Rumores

Dicen que ella no camina, flota.
Que no saluda, envuelve.
Y que, si alguna vez te dice que la sigas,
es porque va hacia una tormenta tan hermosa,
que no querrás usar paraguas nunca más.

Un día dejaste de escribir

A veces me pregunto si alguna vez estuviste aquí,
o si te soñé demasiado seguido como para distinguirte del aire.

Pintabas cosas que nadie más veía:
puentes entre estrellas y balcones rotos de otros mundos.
Decías que el inframundo también tenía cielos,
y que los retratos eran espejos para lo que aún no había nacido.

Leía tus cartas —sí, lo confieso— aunque jamás contesté.
No sabía cómo ponerle palabras al vértigo.
Tú escribías con tinta, yo respondía con suspiros que se quedaban en mi garganta.

Un día dejaste de escribir.
O quizás fue el tiempo quien cerró tu pluma.
Desde entonces, los mares dentro de mí son más vacíos, más hondos, más tuyos.

Te recuerdo en los silencios con eco, en los cuadros sin firma,
en cada rincón donde la nostalgia se esconde cuando cree que no la estoy mirando.

No sé si fuiste real. Pero el recuerdo que dejaste es la única parte de mí que no envejece.

10 junio 2025

Un amor tonto

Podemos mirarnos directamente a los ojos y confesarnos,
ya sea con palabras precisas o silencios cómplices,
lo que se enciende entre nosotros:
un amor tonto, ingenuo en su grandeza.

Es ese sentimiento que provoca torpezas hermosas,
se desliza en miradas tímidas y se asoma en sonrisas discretas,
tejido de instantes sinceros y confesiones al alma;
a pesar de su simpleza, es un amor real y encantador.

El llamado

Desde que la última luna iluminó el cielo, la muchacha había sido la joya más brillante de su pueblo. Su belleza no solo residía en su rostro perfecto y en sus ojos que reflejaban la luz del amanecer, sino en la bondad con la que trataba a todos. Pero ahora, la vida se le escapaba como arena entre los dedos.

Postrada en su lecho de muerte, con el aliento débil y la piel pálida como la luna, su corazón latía con la desesperación de quien teme el fin. El frío de la muerte ya rozaba sus manos, y en un último acto de súplica, entre lágrimas, pronunció un nombre:

—Madre… mamá… ayúdame…

Su voz se quebró en la penumbra de la habitación. Aferrada a los recuerdos de su infancia, la joven llamó con todas sus fuerzas a la mujer que la había cuidado, que la había amado, que siempre había estado allí. Pero su madre ya no estaba en este mundo.

Y, sin saberlo, su súplica fue tan profunda, tan desgarradora, que cruzó los límites de la realidad.

En lo alto del firmamento, un ángel que compartía el nombre de su madre escuchó el clamor. Era una entidad celestial, guardián del umbral entre la vida y la muerte, una presencia que pocos mortales habían visto. Al oír su llamado, descendió en un torbellino de luz dorada, con alas extendidas como ráfagas de estrellas.

La chica abrió los ojos y lo vio. Su mirada era serena, su voz una canción de esperanza.

—Me llamaste, y aquí estoy —dijo el ángel con dulzura.

Ella lloró, creyendo que el destino le había concedido un último delirio antes de partir.

—¿Eres mi madre? —

El ángel sonrió con ternura, inclinándose hacia ella.

—No lo soy, pero he sido enviado en su nombre. No es tu hora todavía. Queda luz en tu camino.

Con un suave toque, el ángel posó su mano sobre el corazón de la joven. Un resplandor dorado recorrió su cuerpo, encendiendo la vida que estaba a punto de apagarse. Como el sol regresando al amanecer después de una larga noche, sintió su fuerza renacer.

El dolor desapareció. El frío se disipó. Su aliento volvió a ser firme.

Cuando quiso agradecerle, el ángel ya había desaparecido, dejando solo una pluma dorada sobre su pecho.

Desde entonces, la mujer vivió con gratitud, sabiendo que, en su momento de mayor desesperación, su amor por su madre había llamado a los cielos.