Te esperé en la hora exacta en que la luz roza los bordes del pasado como una caricia que no sabe olvidar. El mar decía tu nombre y el viento, tímido, hojeaba las memorias que aún no hemos vivido. Caminé entre relojes dormidos y espejos que ya te habían reflejado cuando aún no llegabas. Te amé con la calma de lo eterno, sin urgencia, sin promesa, como se ama al recuerdo que aún no ha nacido.
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