A veces me pregunto si alguna vez estuviste aquí,
o si te soñé demasiado seguido como para distinguirte del aire.
Pintabas cosas que nadie más veía:
puentes entre estrellas y balcones rotos de otros mundos.
Decías que el inframundo también tenía cielos,
y que los retratos eran espejos para lo que aún no había nacido.
Leía tus cartas —sí, lo confieso— aunque jamás contesté.
No sabía cómo ponerle palabras al vértigo.
Tú escribías con tinta, yo respondía con suspiros que se quedaban en mi garganta.
Un día dejaste de escribir.
O quizás fue el tiempo quien cerró tu pluma.
Desde entonces, los mares dentro de mí son más vacíos, más hondos, más tuyos.
Te recuerdo en los silencios con eco, en los cuadros sin firma,
en cada rincón donde la nostalgia se esconde cuando cree que no la estoy mirando.
No sé si fuiste real. Pero el recuerdo que dejaste es la única parte de mí que no envejece.
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