Desde que la última luna iluminó el cielo, la muchacha había sido la joya más brillante de su pueblo. Su belleza no solo residía en su rostro perfecto y en sus ojos que reflejaban la luz del amanecer, sino en la bondad con la que trataba a todos. Pero ahora, la vida se le escapaba como arena entre los dedos.
Postrada en su lecho de muerte, con el aliento débil y la piel pálida como la luna, su corazón latía con la desesperación de quien teme el fin. El frío de la muerte ya rozaba sus manos, y en un último acto de súplica, entre lágrimas, pronunció un nombre:
—Madre… mamá… ayúdame…
Su voz se quebró en la penumbra de la habitación. Aferrada a los recuerdos de su infancia, la joven llamó con todas sus fuerzas a la mujer que la había cuidado, que la había amado, que siempre había estado allí. Pero su madre ya no estaba en este mundo.
Y, sin saberlo, su súplica fue tan profunda, tan desgarradora, que cruzó los límites de la realidad.
En lo alto del firmamento, un ángel que compartía el nombre de su madre escuchó el clamor. Era una entidad celestial, guardián del umbral entre la vida y la muerte, una presencia que pocos mortales habían visto. Al oír su llamado, descendió en un torbellino de luz dorada, con alas extendidas como ráfagas de estrellas.
La chica abrió los ojos y lo vio. Su mirada era serena, su voz una canción de esperanza.
—Me llamaste, y aquí estoy —dijo el ángel con dulzura.
Ella lloró, creyendo que el destino le había concedido un último delirio antes de partir.
—¿Eres mi madre? —
El ángel sonrió con ternura, inclinándose hacia ella.
—No lo soy, pero he sido enviado en su nombre. No es tu hora todavía. Queda luz en tu camino.
Con un suave toque, el ángel posó su mano sobre el corazón de la joven. Un resplandor dorado recorrió su cuerpo, encendiendo la vida que estaba a punto de apagarse. Como el sol regresando al amanecer después de una larga noche, sintió su fuerza renacer.
El dolor desapareció. El frío se disipó. Su aliento volvió a ser firme.
Cuando quiso agradecerle, el ángel ya había desaparecido, dejando solo una pluma dorada sobre su pecho.
Desde entonces, la mujer vivió con gratitud, sabiendo que, en su momento de mayor desesperación, su amor por su madre había llamado a los cielos.
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