07 diciembre 2024

Recordar

A veces se olvida, sí, pero aquí, 
en esta trama de palabras y silencios, 
te lo digo, siempre mereces lo mejor.

El latido del ayer

Tú habrás leído la carta que el viento llevó,
a los confines del tiempo y el olvido,
donde mis suspiros se transformaron en versos,
y mis sueños desbordaron su cauce en lágrimas de papel.

La distancia se alzó como un muro invisible,
separando mi alma de lo que una vez fue mío,
recuerdos en el eco de la noche,
un eco de amores que el tiempo no logró borrar.

Mis anhelos flotaron en el aire con tus palabras,
cada sílaba una caricia, cada línea una promesa,
pero la vida, caprichosa, nos llevó por caminos dispares,
y en la soledad encontré mi refugio en la poesía.

Tú habrás leído la carta y sentido mi nostalgia,
un recordatorio de lo que pudo haber sido,
de los sueños que se desvanecieron en la bruma,
de los versos que aún palpitan con el latido del ayer.

Cuando ella apareció

Una vez la invitó a dar un paseo por el parque. Él, siempre puntual, llegó al lugar con anticipación, su corazón latiendo con emoción. 

Cuando ella apareció, su belleza lo dejó sin aliento, y no pudo evitar mirarla con admiración.

Al llegar a las mesas, no perdió tiempo en decirle lo hermosa que era. Sin rodeos, la comparó con una yegua salvaje y majestuosa, de silueta exquisita y ojos que brillaban con intensidad.

"Eres mi estrella", le dijo con voz suave, "la flor más bella del campo, Siempre estás en mis sueños. No hay nadie más que tú".

Mi eterna oración

Nunca sabré por qué me amas así,
en medio de sombras y ruinas,
cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies,
y el cielo se desploma en llamas.

Te busqué entre escombros y suspiros,
recordando aquellos días de adoración,
y noches de odio inmenso,
pero siempre supe que olvidarte nunca sería opción.

En la duda y en el misterio,
encuentro la magia de amarte,
incluso en el caos y la destrucción,
porque tu amor es mi eterna oración.

Recuerdos de un amor lejano

En un pueblo muy lejano,
donde el sol brilla temprano,
vive una joven hermosa,
de ojos encantados y pelo castaño.

Llegó un forastero un día,
atraído por su belleza,
y decidido a conocerla,
le pidió con gentileza.

"Déjame tocar tus manos",
dijo el hombre enamorado,
y al roce de sus dedos,
sintió un cosmos revelado.

En sus manos, la magia,
un destello del universo,
él las acercó a su pecho,
y en sus ojos quedó inmerso.

Pero la joven, con una sonrisa,
sus manos retiró despacio,
y con una voz dulce le dijo:
"Mi querido, soy solo un sueño en tu abrazo".

El forastero, desconcertado,
despertó al amanecer, solo en el mismo pueblo,
donde el sol brilla temprano,
con recuerdos de un amor lejano.

Las uvas

Ella siempre había sido una mujer de palabras sinceras. Sus pensamientos, sus sueños, sus anhelos, todos encontraban cauce en versos que escribía en pequeños cuadernos que guardaba celosamente. El poema que más la conmovía era aquel que comenzaba con "Tú habrás leído la carta...". Lo había escrito en un momento de profunda nostalgia, cuando la vida parecía haberla arrastrado lejos de todo lo que amaba.

A medida que los años pasaban, ella se sumergía cada vez más en su mundo interior. Sus versos se volvían más íntimos, personales, explorando temas como la soledad, el paso del tiempo y la búsqueda de la identidad. Se sentía como una hoja seca arrastrada por el viento, sin rumbo fijo.

Un día, mientras ordenaba su viejo estudio, la muchacha encontró una pequeña vid seca en un rincón de su escritorio. Era un recuerdo de un viaje que había hecho años atrás, cuando aún sentía la vida con intensidad. Decidió plantarla en una maceta y cuidarla con esmero.

Con el paso de las semanas, la vid seca comenzó a mostrar signos de vida. Brotes verdes surgieron de sus nudos, y pronto comenzó a trepar por un pequeño enrejado que la chica había construido. La muchacha observaba su crecimiento con asombro y ternura. En esa pequeña vid veía una metáfora de la vida: algo aparentemente muerto podía volver a la vida, si se le daba el cuidado y la atención necesarios.

A medida que la vid crecía, ella se daba cuenta de que estaba cambiando también. La soledad que la había acompañado durante tanto tiempo comenzaba a disiparse. La vid se había convertido en su compañera, en su razón para levantarse cada mañana.

Un día, mientras podaba su vid, ella se dio cuenta de que la maceta se le había quedado pequeña. Necesitaba un espacio más grande para crecer. Decidió trasladarla al jardín de su casa, un lugar que había descuidado durante años.

Al llegar al jardín, la chica se sorprendió al ver lo descuidado que estaba. Las malas hierbas habían invadido los senderos, y los árboles frutales estaban llenos de ramas secas. Sin embargo, en lugar de sentirse desalentada, ella sintió una oleada de energía. Se puso a trabajar con entusiasmo, podando y preparando la tierra para su vid.

Con el tiempo, la vid se convirtió en un pequeño viñedo. Las uvas comenzaron a crecer, verdes y brillantes al sol. La muchacha las observaba con orgullo, sabiendo que eran el fruto de su trabajo y de su paciencia. Ella se dio cuenta de que la vida, al igual que la vid, necesitaba tiempo para madurar. Y que, al igual que las uvas, cada uno de nosotros llevamos dentro de nosotros la semilla de algo grande y hermoso.


Los calcetines

Cada mañana, al despertar, el mundo se reinventaba para él. Era como si la luz de la mañana trajera consigo un nuevo lienzo en blanco sobre el que ella pintaba su vida. Y uno de los primeros trazos de ese cuadro, la primera pincelada de color en su día era el momento de los calcetines.

Ella, con una naturalidad que lo desarmaba, se agachaba para buscar entre la montaña de ropa limpia. Sus dedos, ágiles y suaves, seleccionaban un par. No cualquier par. Un par que, para él, era el resultado de una búsqueda minuciosa, casi poética.

No era la tela, ni el color, ni los dibujos, como él había escrito alguna vez. Era el gesto, el roce, la piel que los contenía. La forma en que sus dedos acariciaban la suavidad del tejido, la concentración en encontrar la pareja perfecta. Era un ritual cotidiano, una danza invisible que él contemplaba fascinado.

A veces, ella escogía calcetines con rayas finas, otros con dibujos de animales o con colores vivos. Pero, para él, todos eran iguales. Todos eran bellos, porque eran parte de ella. Eran un pedacito de su mundo que ella le permitía compartir.

Mientras ella se vestía, él la observaba desde la cama. La veía moverse con una gracia que lo maravillaba. La veía reír, cantar, decir palabras al viento. Y en cada uno de esos gestos, en cada una de esas acciones, él encontraba una nueva razón para amarla.

Porque el amor, a veces, se esconde en las cosas más simples. En una sonrisa, en una mirada, en un gesto cotidiano. Y él, desde su orilla, contemplaba el milagro de lo cotidiano, la belleza oculta en las cosas más simples.

Y así, día tras día, él seguía tejiendo su propio mundo, un mundo hecho de hilos de seda y algodón, de miradas furtivas y de silencios cómplices. Un mundo donde el acto de ponerse un par de calcetines se convertía en una obra de arte, en un poema de amor.