07 diciembre 2024

Los calcetines

Cada mañana, al despertar, el mundo se reinventaba para él. Era como si la luz de la mañana trajera consigo un nuevo lienzo en blanco sobre el que ella pintaba su vida. Y uno de los primeros trazos de ese cuadro, la primera pincelada de color en su día era el momento de los calcetines.

Ella, con una naturalidad que lo desarmaba, se agachaba para buscar entre la montaña de ropa limpia. Sus dedos, ágiles y suaves, seleccionaban un par. No cualquier par. Un par que, para él, era el resultado de una búsqueda minuciosa, casi poética.

No era la tela, ni el color, ni los dibujos, como él había escrito alguna vez. Era el gesto, el roce, la piel que los contenía. La forma en que sus dedos acariciaban la suavidad del tejido, la concentración en encontrar la pareja perfecta. Era un ritual cotidiano, una danza invisible que él contemplaba fascinado.

A veces, ella escogía calcetines con rayas finas, otros con dibujos de animales o con colores vivos. Pero, para él, todos eran iguales. Todos eran bellos, porque eran parte de ella. Eran un pedacito de su mundo que ella le permitía compartir.

Mientras ella se vestía, él la observaba desde la cama. La veía moverse con una gracia que lo maravillaba. La veía reír, cantar, decir palabras al viento. Y en cada uno de esos gestos, en cada una de esas acciones, él encontraba una nueva razón para amarla.

Porque el amor, a veces, se esconde en las cosas más simples. En una sonrisa, en una mirada, en un gesto cotidiano. Y él, desde su orilla, contemplaba el milagro de lo cotidiano, la belleza oculta en las cosas más simples.

Y así, día tras día, él seguía tejiendo su propio mundo, un mundo hecho de hilos de seda y algodón, de miradas furtivas y de silencios cómplices. Un mundo donde el acto de ponerse un par de calcetines se convertía en una obra de arte, en un poema de amor.

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