En un pequeño pueblo rodeado de montañas y ríos cristalinos, vivía una niña. Ella era conocida por su sonrisa radiante y su risa contagiosa, que iluminaban la vida de todos a su alrededor. Su madre solía llamarla “mi sol” y “paloma bella”, porque su alegría era tan brillante y libre como el sol y las aves.
Un día, mientras jugaba en el jardín de su casa, la niña escuchó el canto de las golondrinas y decidió seguirlas. Las aves la guiaron hasta un rincón del bosque, donde los árboles contaban secretos y las flores cantaban melodías encantadas. Ella, con su corazón lleno de curiosidad, se sentó junto a un río que le contó historias de tiempos antiguos y tierras lejanas.
En ese momento, la niña recordó las palabras de su madre: “Que tu alegría sea dulce, como el canto del ruiseñor, y que siempre recuerdes, que eres como el sol”. Con una sonrisa en su rostro, decidió regresar a casa, llevando consigo la paz y la felicidad que había encontrado en el bosque.
Al llegar a casa, su madre la recibió con un abrazo cálido y tierno. “Mi niña, mi vida, vive sin prisa”, le dijo su madre. “Tu risa ilumina mi vida entera, y tus ojos brillan como el sol en el mar. Eres mi pequeña estrella, mi flor de primavera”.
La niña, con su corazón lleno de amor y gratitud, abrazó a su madre y le dijo: “En tus manos pequeñas, guardo mi corazón, y en tus abrazos tiernos, encuentro mi razón”. Y así, madre e hija se quedaron juntas, disfrutando de la serenidad de la noche y la belleza de su amor incondicional.
Siempre vivió con alegría y sin prisa, sabiendo que, en los abrazos cálidos de su madre, siempre encontraría su hogar.
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