Bajo el sol ardiente, en tardes de verano,
ella y yo compartíamos risas y dulces sabores.
Comprábamos helados, sus manos se manchaban, y yo,
con un bote de agua, suavemente las limpiaba.
Sus dedos, pintados de fresa y vainilla,
dejaban huellas en su piel, como un lienzo de ternura.
El helado derretido se deslizaba entre sus dedos, y yo,
con cuidado, borraba cada mancha, sin premura.
Era un ritual sencillo, pero lleno de significado,
un gesto de cariño que trascendía lo cotidiano.
Y aunque el tiempo ha pasado, aún siento su calor,
en cada bote de agua que sostengo, en cada verso.
Porque aquellos momentos, simples y sinceros,
son los que perduran, como el sabor del helado.
Y aunque ya no estemos juntos, en mi corazón,
siempre seré el que limpiaba sus manos, a su lado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario