24 marzo 2024

La luna confidente

En la ciudad que nunca duerme, donde los sonidos son eternos, las luces titilan como luciérnagas en cautiverio y el silencio es un fantasma perdido entre el caos, la luna, con su luz plateada, era testigo de las lágrimas secretas de Mairym, lágrimas que resplandecían como estrellas fugaces en su descenso, anhelando el abrazo de la tierra. La luna la contemplaba, y en su muda compañía, compartía la soledad que envolvía el corazón de Mairym.

Una noche, mientras las lágrimas de Mairym tejían un tapiz de luz sobre su viejo cuaderno de tapas desgastadas con historias del pasado, una voz la alcanzó. Dulce y melódica, como si el firmamento hubiera encontrado voz. La voz emanaba de la luna, que, cansada de su solitaria vigilia, había decidido romper su silencio.

“Mairym,” suscitó la luna con una voz suave y poética, “cesa tu llanto. Tus lágrimas son ríos de plata que surcan el mundo, y aunque reine el silencio, mi luz es tuya. No estás sola, cada noche, aquí estoy, custodiando tus sueños y tus despertares.” Envolviendo la estancia en un abrazo de luz cálida, “debes saber que cada final es también un principio. Que cada despedida lleva en sí la promesa de un nuevo encuentro.”

La luna le enseñó a Mairym cómo cada ocaso precede a un amanecer, cómo el fin de un capítulo es la antesala de una nueva aventura. Le reveló que la vida, al igual que ella, tiene sus fases, y cada una de ellas porta su propia belleza y razón de ser.

“Ahora lo comprendes, Mairym,” arrullo la luna, “la soledad no es el término del viaje, sino un compañero en él. Te ha preparado para los albores que están por llegar.”

Mairym, con una renovada luz en su mirada, empezó a vislumbrar el amanecer de su existencia. Ya no temía a la oscuridad, pues sabía que la luna estaría allí, y con ella, la certeza de un nuevo día.

Las noches dejaron de ser un escenario para el llanto; se transformaron en momentos para soñar, para planificar, para anhelar. Y la luna, le recordaba que todo cambio es natural, que todo dolor es efímero.

Mairym cerró su viejo cuaderno de tapas desgastadas, saturado de palabras y sentimientos. Era hora de inaugurar uno nuevo, de narrar una historia distinta. Una historia donde ella era la protagonista, donde su voz era firme y resonante, y donde la luna, su eterna aliada, seguía alumbrando su sendero.

Las noches seguían y la ciudad continuaba su frenesí, un remolino de luces y sombras, pero en la pequeña habitación de Mairym, el tiempo se detenía. Las paredes, mudos testigos, ahora eran partícipes de la conversación más íntima entre una mujer y la luna.

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